Gruta y mirador
La “Gruta” en el Mar es un capricho paisajista realizado en 1885 por obreros barceloneses dirigidos por el maestro de obras Ramón Jané, "encargado de los trabajos y del personal". Por ello en aquellos años de su creación, y en los inmediatamente posteriores, fue llamada la "Cascada de los catalanes".
Las arquitecturas de jardín, en estilo rústico, que "embellecieron" los de San Ildefonso durante los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII, fueron resultado de un gusto generalizado que tendía a valorar los valores naturales del bosque más que el trazado formal, y que estaba respaldado además por el dominio de los ingenieros de montes en la gestión de la propiedad. De modo más específico, estos pabellones se deben al mismo equipo catalán que realizó la cascada de rocalla en el Mar, dirigidos por Ramón Jané, pero cuyo inspirador era el paisajista Ramón Oliva. "Ocúpase igualmente el carpintero que vino con los demás obreros catalanes en los trabajos propios de su oficio, llevando a cabo algunas mejoras que embellecerán y adornarán algunos puntos frecuentados de los reales jardines". Esta referencia de 1885 se refiere a la construcción de los miradores llamados "El Paraguas" o "La Sombrilla", que estaba junto a la meseta del Mar; "El Gurugú", que estaba en el paraje que todavía se llama así, junto al camino de circunvalación, al Norte; y "El Último pino", junto al rincón nororiental de la cerca; y a la del "Puente de los Suspiros", situado junto al Mar, sobre la cacera. Estas obras fueron objeto durante los años siguientes de obras de mantenimiento que no afectaron a su forma de manera notable, aunque en algunos casos llegaron a suponer su completa reconstrucción, como ocurrió en 1901 con el "Último pino".
Conforme al mismo gusto se levantaron otras obras durante los veinte años siguientes: un pabellón y dos puentes, en concreto, y también hay que recordar, ligado a este gusto rústico, el tratamiento paisajista de los bosquetes de los Baños y Hondo, donde también se dispusieron elementos de madera. El pabellón que recibió el nombre de "Cenador de Alfonso XIII", montado en el bosquete del "Huertecillo" en 1901, no era otra cosa que el quiosco que se construyó para exponer los productos del Real Patrimonio en la exposición de Segovia del año anterior; para complementarlo se convirtió ese bosquete en un jardín reservado, con caminos bordeados de arbustos y macizos de flores. En cuanto a los puentes, el más aparatoso era el llamado de Alfonso XII, cuya descripción en la Memoria anual de 1903 exime de comentario: "El puente verde que existía sobre la Ría, y un poco a la derecha de la calle del Molinillo y cuyo estado amenazaba ruina ha sido sustituido por otro de hechura moderna estilo japonés. Al proceder a su construcción se ha emplazado perfectamente frente a la calle del Molinillo, pues siendo su objeto facilitar el paso desde ésta a la Carrera de Caballos y Parques de Palacio, no se comprende estuviese a un costado de aquella. Con ello hemos conseguido no tan sólo facilitar la comunicación, sino también colocarlo en una perspectiva muy agradable tanto desde la puerta del Molinillo como desde la Selva y barandilla de la Carrera de Caballos. Su construcción es de maderas labradas en forma de arco rebajado, con guardamalletas en los costados festoneando sus bordes, cuya hechura hemos adoptado como más airosa que la horizontal, y para evitar que se cubran los efectos de las cascadas como sucedía con el que existía anteriormente, pudiéndose apreciar hoy todos aquellos desde la Selva, cosa que antes no ocurría. En la parte central del referido puente y en la parte que media entre sus vistosas barandas se eleva un templete elegante y esbelto sostenido por cuatro columnas y cubierto de escamas de zinc con fino remate de hierro adornado con hojas y bolas del mismo material. La parte de madera está toda pintada imitando roble oscuro, y como sus aristas van todas achaflanadas estas se les ha dado de color de guinda, siendo la cubierta gris y el remate dorado, todo lo cual contribuye a que el conjunto general sea airoso y muy ligero, al mismo tiempo que de muy buen efecto". No fue esta, desde luego, la opinión de ni de los reyes ni de las autoridades madrileñas del Real Patrimonio, pues al año siguiente hubo de contestar el administrador al intendente: "... el puente de Alfonso XII nunca me ha parecido feo, antes al contrario siempre lo he encontrado artístico y de buen gusto...". El fracaso de este trasnochado artefacto fue tan rotundo que dos años después fue sustituido por una pasarela de hierro funcional y sencilla. El otro puente, hermano menor del ya descrito, ocupaba un emplazamiento absurdo, sólo comprensible en virtud del afán por el acceso al pabellón de Alfonso XIII recién levantado.
Todas estas obras fueron desapareciendo a consecuencia del tiempo, de la disminución de las inversiones en mantenimiento desde que la Corte dejó de veranear en La Granja, y del cambio de gusto. Los miradores sufrieron mucho debido a la gran tempestad del 18 al 19 de enero de 1918, pero fueron reparados, si bien "El Gurugú" no duró sino cinco años más, pues en 1923 hubo de ser derribado porque no ofrecía seguridad por estar podridas o pasadas todas sus maderas". Tres años más tarde otro vendaval arruinó definitivamente la meseta y escalera del "Paraguas". La voluntariosa nostalgia de la comisión administradora acordó en abril de 1939 reconstruirlos, “... para que el jardín no pierda su fisonomía de siempre", y porque "habiendo estado instalado para adorno y para admirar el panorama que se domina del mismo" resultan precisos. Pero su realización fue aplazada y nada llegó a hacerse. Bien al contrario, en 1942 cayo, por sí solo y a consecuencia de los temporales, el pabellón de Alfonso XIII, y el Puente de los Suspiros se hundió cinco años después.