Fuentes del Ebro y Segre
Estas personificaciones de los ríos Ebro y Segre, aluden a los reinos de Aragón que apoyaron al archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión. Son obra de Jean Thierry y flanquean un gran mascarón que vierte una lengua de agua sobre una concha, al igual que los dos mascarones situados en ambos lados del conjunto.
Thierry, Jean
Nació el 14 de junio de 1669. Natural de Lyon, creció en el seno de una familia de escultores. Ya antes de venir a España en 1722 Thierry había ejecutado diversas obras reales para los palacios de Versalles y Marly, valiéndole el reconocimiento y la entrada a la Academia de Pintura y Escultura en 1717. En La Granja, su obra es menos clásica que la de Frémin, pero está dotada de mayor originalidad y naturalismo, a la vez que presenta una gran influencia procedente del teatro, como se aprecia en los grupos escultóricos de Anfitrite, de Pomona y Vertumno o el de Apolo. Tras regresar a París en 1728, estuvo adscrito a la Academia, primero como profesor adjunto, y desde 1732 como profesor emérito, cargo que ejerció hasta su retiro en 1736. Falleció el 20 de diciembre de 1739 en Lyon.
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Estos dos ríos dan sentido y animación a su fuente, que corresponde al tipo del buffet d’eau: una composición muy vertical, semejante a la de un aparador donde una mesa -el estanque, superficie en primer término- tiene como fondo una estantería donde se dispone la vajilla -la concha de la que cae el agua. Felipe V tenía muy presente una fuente de este tipo que se encontraba cerca del Grand Trianon, en Versalles.
El resultado de la Guerra de Sucesión permitió que no se considerase victorioso sólo uno de los enemigos: los Borbones habían consolidado su derecho al trono de España -que perdió sus posesiones en Europa- pero los aliados habían humillado a Luis XIV, e Inglaterra consagró un monumento a su general en esta contienda, Marlborough, regalándole el palacio y jardines de Blenheim. En paralelo con éste, La Granja puede entenderse como un canto a la victoria de Felipe V, apoyado por su abuelo, para consolidar su corona. Durante la guerra, además de la intervención de las potencias aliadas -Inglaterra y Holanda- para apoyar al candidato austríaco, algunos de los reinos de la Monarquía de España se declararon a favor de éste, sobre todo algunos de los de la Corona de Aragón. La presencia del Ebro y del Segre constituye una alusión a esa postura, y es elocuente su situación dentro de la perspectiva triunfal de la “carrera de caballos”, cuya lectura avanza desde la fuente de Andrómeda hacia el palacio: quedan por debajo de la fuente de Apolo, donde el dios -emblema del soberano- ya ha vencido a la Pitón -emblema del mal y la rebeldía-, y contemplan la terraza donde Neptuno simboliza el pacífico dominio del rey sobre la monarquía.